Tiempo de transición en el mundo:

Volver de la mano de la agroecología es otra forma de llegar

Enero 16, 2020Tomado de Cipcanotas

 

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“Hay dos panes. Usted se come dos. Yo ninguno. Consumo promedio: un pan por persona.” El antipoeta Nicanor Parra, en su lírica irreverente y transgresora, ironizó en estos términos las limitaciones de los indicadores convencionales, como las estadísticas o los promedios, para reflejar o medir la realidad. El escritor chileno sabía de lo que hablaba, pues además de cultor de versos, también era matemático y físico.

La frase de Parra no ha perdido vigencia. En ocasión del reciente “Encuentro Internacional de Investigadores – Modelos de Desarrollo Rural y Agroecología” organizado por el Centro de Investigación y Promoción del Campesinado (CIPCA) en el mes de noviembre de 2019 en la ciudad de Santa Cruz, quedó demostrado una vez más que los optimistas datos macroeconómicos que el modelo agroindustrial suele mostrar como logros y metas alcanzadas, no coinciden necesariamente con la situación de muchos sectores de la población boliviana. La danza de números y cifras es una fiesta a la que no todos parecen haber sido invitados.

Roberto Jiménez Espinal, ganador del concurso de Investigaciones realizado dentro del Encuentro Internacional de Investigadores y promovido por CIPCA, al exponer su investigación “¿Más ricos pero infelices? Repensando el desarrollo rural bajo un enfoque de pobreza multidimensional. Evidencias desde un proyecto de desarrollo” explicó que esta disociación entre los datos y la realidad responden a un enfoque unidimensional del problema de la pobreza, cuya limitada cobertura impide ver el verdadero impacto de las intervenciones públicas, privadas y de la cooperación en materia de desarrollo. Para ejemplo, algunos botones.

En la investigación de Jiménez se resalta que entre 2006 y 2017, los datos macroeconómicos indican que Bolivia logró reducir la pobreza extrema del 39% al 18%; que el país tuvo un crecimiento del Producto Interno Bruto de $US 11.473 a $US 33.813; que las reservas internacionales netas aumentaron ostensiblemente, de $US 3.183 millones a $US 9.572 millones; y que la inversión pública pasó de $US 879 millones a $US 8.200 millones en el mismo periodo. Sin lugar a dudas, son cifras halagadoras que se tradujeron en expresiones como “la década dorada” o como “el milagro económico boliviano”.

Lamentablemente, afirma el investigador, al mismo tiempo, otros estudios arrojaban datos no muy gratos como el hecho de que el país ostentaba la más alta tasa de feminicidio en América del Sur (1,9 por cada 100.000 mujeres- CEPAL 2016); que la economía informal boliviana es la más alta a nivel mundial (62,5%); o que, en las últimas décadas, la obesidad entre los niños bolivianos creció 25 puntos (del 8% al 31%). Todos estos indicadores de violencia, desempleo y mala nutrición son la más clara demostración de que el crecimiento del ingreso para medir el desarrollo y el bienestar en el país, no es precisamente una fotografía completa y confiable.

Para Marco Luis Gómez, invitado experto en agroecología de Colombia, lo que ocurre en Bolivia es un problema de transición que no termina de concretarse: de un modelo y concepto de desarrollo que ha entrado en crisis, donde las personas, las culturas, los ecosistemas y los saberes son percibidos como mercancía, como objetos consumibles, hacia otro paradigma donde la vida debe ser colocada en el centro. Gómez asegura que la crisis del desarrollo, como convencionalmente este ha sido concebido, donde los datos macroeconómicos no reflejan en realidad lo que sucede, ha llegado a sus límites. La visión lineal, donde la idea de progreso es tener siempre más, siempre mejor, ir hacia adelante, pero con esa sensación de carencia constante, con la percepción de que siempre falta algo, ya no es más sostenible ni creíble.

Claudia Rosina Bara, experta mexicana en Ciencias Ambientales y Agroecología, sostiene por su parte que la visión de vivir y aprovechar la naturaleza, sin degradarla, sin contaminarla ni destruirla, es un horizonte al que debemos apuntar para preservar la vida. En el país azteca, una de las naciones con mayor biodiversidad del mundo, la gente en el campo pasa hambre desde que prácticas ancestrales, como la millpa (sistema de policultivos en el que se podía producir hasta ocho especies comestibles juntas), han desaparecido para dar paso a paquetes tecnológicos que responden a la Revolución Verde que se usan en sistemas productivos dirigidos a grandes mercados, por lo general para exportación. En la actualidad, México importa más del 40% de sus alimentos, mayormente de Estados Unidos, dependencia que no garantiza la seguridad alimentaria en aquella nación. Por si ello fuera poco, no solo es el problema de la cantidad, sino también la calidad de lo que se come. Si bien los números pueden demostrar que una gran mayoría tiene acceso a la comida, los indicadores sobre nutrición hablan de otra realidad. Según la especialista, el consumo de tortilla de maíz, el alimento básico de la familia mexicana, ha bajado en más del 40%; la ingesta de frejol ha registrado una reducción del 30%; y solo un 30% de los habitantes de este país consumen regularmente frutas. Bara sostiene que poco a poco, se ha impuesto un patrón alimenticio foráneo que privilegia la comida chatarra por encima de los alimentos tradicionales de aquel pueblo.

Ante este panorama, los especialistas invitados al Encuentro Internacional de Investigadores – Modelos de Desarrollo Rural y Agroecología coinciden en la necesidad de apuntar hacia el modelo agroecológico para orientar la transición a una perspectiva campesina de estilo de vida, sustentable e integral. Este proceso requiere de muchas condiciones, principalmente políticas de Estado alineadas a la agroecología, fortalecimiento organizacional para los pequeños productores ecológicos, acceso a la tierra y otros recursos naturales, recuperación de mercados tradicionales, estrategias de promoción e intercambio horizontal, y una mayor inversión en el área de investigación en agroecología y la transversalización de esta en las carreras universitarias. La buena noticia es que en varios de estos ámbitos hay interesantes iniciativas y experiencias que pueden ser llevadas a una escala mayor.

En el reto en cuanto a las políticas pública es grande. Es previsible que los gobiernos sigan apostando principalmente por la agroindustria debido a que esta les arroja aquellas cifras que les conviene, vinculadas al crecimiento del PIB, a las exportaciones, a la balanza comercial y a las reservas internacionales. Las resistencias locales no deben flaquear, también deben continuar luchando para que las estadísticas no mientan más, como lo demostró Parra en su sátira del pan.

En cuanto al fortalecimiento organizacional, preocupa que hay iniciativas de producción limpia y orgánica, pero que no están del todo articuladas, aún están muy fragmentados en países como México, y así es muy poco probable hacer frente al modelo industrial.

Otro reto consiste en repensar las lógicas y estructuras de distribución de los productos agropecuarios y de recolección que provienen de la agricultura familiar. En este sentido, urge desmontar el mito de la exportación que convoca a muchos, pero que engañosamente solo beneficia a pocos, siendo necesario apostar por los mercados locales que promueven un vínculo más cercano entre el productor y el consumir, y que ambientalmente generen efectos mínimos, al utilizar menos energía fósil para el traslado de los alimentos.

Bajo esta perspectiva, CIPCA plantea la Propuesta Económica Productiva (PEP), un modelo alternativo a la producción convencional agroempresarial de base agroecológica, que es implementada desde 2003 como una estrategia de acción concertada con indígenas, campesinos y sus organizaciones en 36 municipios de Bolivia que tienen diferentes eco regiones y contextos socioculturales.

La PEP implementada a través de 5 componentes o propuestas en el marco de la gestión territorial ha demostrado ampliamente su viabilidad en términos económicos, sociales y ambientales, igualmente, su aporte para aminorar los efectos negativos del cambio climático con medidas de mitigación y adaptación que han sido confirmadas con evidencias científicas, esto para permitir amplificar estas acciones y posicionarlas como modelos productivos sostenibles.

Las propuestas de la PEP son: Sistemas agroforestales, ganadería semi-intensiva, agricultura bajo riego, ganadería altoandina y gestión territorial de los recursos naturales.

Los sistemas agroforestales (SAF) tienen un rendimiento económico muy alto, con una estimación de Bs55.000 de ingresos generados en los primeros 10 años de producción en una parcela de una hectárea, con ingresos superiores a los obtenidos de la ganadería vacuna y la producción de arroz que típicamente generan entre el 20 a 30% de estos ingresos por hectárea en el mismo lapso de tiempo; en lo ambiental, los SAF en promedio almacenan hasta 127,4 toneladas de carbono por hectárea según el contexto y edades de las parcelas, un SAF captura en promedio 16,5 toneladas de carbono por hectárea al año, con un alto potencial para mecanismos de mitigación del cambio climático y conservación de la biodiversidad; en lo social contribuyen fuertemente al bienestar personal y a las familias que los implementan, les permite autonomía e independencia, además generan fuentes propias de empleo y mejoran sus medios de vida (Vos et al., 2015).

Gracias a la ganadería semi-intensiva, implementada en el Chaco boliviano, se utiliza menos tierra para la producción generando beneficios en relación a una ganadería tradicional extensiva. Ureña y Villagra (2016) demostraron que incrementando biomasa forrajera y silvopasturas en sistemas semi-intensivos, se incrementa la natalidad de ganado bovino del 50 al 80% y se disminuye la mortalidad en terneros de un 10 a un 5%. Asimismo, se logra animales con mayor peso en menos tiempo. El ingreso económico de un sistema semi-intensivo de 5 años con aproximadamente 500 hectáreas con hasta 200 cabezas de ganado generan más del doble de los ingresos económicos anuales de hasta Bs83.184 que un sistema de ganadería extensiva con características similares (Peralta-Rivero y Cuellar, 2018). En lo social genera empleos que contribuyen a satisfacer las necesidades básicas de las familias. Ambientalmente, un hato ganadero bajo manejo semi-intensivo emite hasta 50% menos emisiones de metano por mejor alimentación y aprovechamiento de los recursos en el sistema productivo, pero también, por la práctica de rotación de mangas, clausura de montes y manejo del hato lo que evita emisiones de hasta 19,39 Tn C/ha en diferentes reservorios del sistema en relación a un sistema de manejo de ganadería extensiva. (Peralta-Rivero y Cuellar, 2018; Ureña y Villagra, 2016), y ha demostrado ser más sostenible y resiliente a los efectos adversos del cambio climático (Torrico et al. 2017).

La agricultura bajo riego permite a las familias productoras ingresos mensuales entre Bs5.600 a Bs9.000 cuando existen mercados establecidos para los productos, pero dependerá mucho del contexto productivo (Zegada y Araujo, 2018). También contribuye a un mejor manejo del agua, cambia el paisaje rural, aumenta la vegetación, la diversificación productiva, además, con innovaciones tecnológicas reduce el esfuerzo y tiempo en la producción, aportando beneficios socioambientales para las familias.

Los beneficios mostrados de la implementación de algunos componentes de la PEP, determinan que el reto de cambiar de paradigma para cerrar brechas en torno a un modelo de desarrollo rural sostenible es una tarea que adquiere una notable prioridad en Bolivia y la región al mantenerse inalterable el marco normativo que conspira contra la Madre Tierra y un escenario donde las políticas gubernamentales siguen favoreciendo los mercados de exportación en detrimento de los mercados locales y la agricultura familiar. Hoy se hace más que necesario impulsar estos modelos de base agroecológica que permitirán alcanzar la sostenibilidad de los territorios.

PASIÓN, MUERTE Y RESURRECCIÓN EN UNA HORA

Noviembre 3, 2016Editado por andesol

 

Bolonia, noviembre de 2005. Acabábamos de entregar los ensayos finales de uno de los primeros módulos de la maestría. Así, después de haberme leído buena parte del Dizionario dello Sviluppo (Sachs/Tarozzi), salí con un nombre para el ensayo que, si bien era muy mediático “¿Pasión, muerte y resurrección del desarrollo?”, quedó en la memoria de los colegas – y la mía, por supuesto - sólo por eso, es decir, el nombre. Más de diez años después, el domingo pasado (30.10.2016), en medio de mi trance entre los Km. 5 y 8 de la competencia 10K La Paz 3600, volvió a mi cabeza ese nombre, contextualizándolo a mi circunstancial situación maratonera.

El nombre en sí parece más bien exagerado frente a la distancia y el tiempo dedicados; es decir, hay personas que corren el doble de esa distancia y en la mitad del tiempo. Pero no en mi caso. Así, de la misma forma que hay personas que hacen promesas a cierto santo o virgen para bailar al menos tres años en “x” festividad, con el transcurso de los años yo me fui formando cierta tradición para participar anualmente es esta – y solamente ésta – competencia y, sí, constituye quizá “el evento”, para mis modestos retos deportivos anuales.

LA PASIÓN

Fotos de varios amigos en el face, mostrándose contentos en la meta de competencias aquí y allá, algunos como hobby (como el mío), otros ya con una dedicación semi-profesional (lo sé por sus tiempos). Cada foto representaba un aliciente, sumado al sonado récord de 55 minutos y 35 segundos que había establecido en 2014, previo entrenamiento concienzudo. Así, si bien recibí tentadoras propuestas de participar en un par de carreras antes (El Diario, la 10K en Santa Cruz), quedé conmigo mismo en prepararme para ésta, a 3600 metros de altura.

Septiembre dio el pitazo inicial con la convocatoria formal en las redes. Un par días después estaba ya inscrito, aún en la categoría “normal” y con el número 2840. Asumí que la fecha de la competencia (30 de octubre) quedaba distante y, por tanto, omití alguna organización metódica con tanta anticipación. Grueso error.

Los días fueron pasando, las semanas y los meses. Ya a un mes de la competencia pretendí comenzar mi entrenamiento. Fue ahí que surgieron las imposibilidades. Que los viajes semanales al campo, que la rutina diaria de alistar a los chicos, que la lluvia “justo” cuando quería ir a trotar (y eso que este fue un año extremadamente seco)…que la excusa infinita nomás. De repente ya faltaban un par de semanas para el día D y yo con los músculos como gelatina y la conciencia espantada. Medidas correctivas a la vista.

Decidí afrontar mi realidad y, en lugar de apostar a entrenamientos de tramos cortos a buen ritmo, decidí mantener un ritmo descansado con caminatas diarias mas bien largas. Así, caminar diariamente entre el colegio de mis hijos hasta mi trabajo, ida y vuelta, lavó un poco mi conciencia. Sumado a eso, un par de días de paro de transporte en medio, me dio la posibilidad de probar tramos más largos. Así, con esos entrenamientos simbólicos, y sin cambios en mi dieta, llegué a los días previos.

LA MUERTE

Son las 7:10 y estoy nervioso esperando algún minibús que me lleve a la plaza Villarroel, pues la competencia comienza a las 8:00. En medio están el entrenamiento previo, dejar mi mochila, buscar hidratación pero también ir al baño para evitar cualquier contratiempo. Realmente no hay tiempo para nada. Llego faltando 20 minutos y no dejo de sorprenderme por la gran cantidad de gente. Obviamente, eso causa también laaaargas filas para dejar las mochilas (faltan 10 minutos y yo aún no dejo la mía), los baños (a 2 minutos estoy aún en la cola del urinario) y comprarme agua en sachet (por falta de tiempo decido dejar esto para luego). A un minuto, me meto entre la muchedumbre, a unos 100 metros de la partida, pues no puedo avanzar más. Habla el alcalde, saludo al dron y, ¡Listo!, se da la largada, de la cual no me percato hasta un minuto después cuando la ola humana va avanzando lentamente hasta cruzar la partida. Recuerdo la importancia de la respiración y, mientras voy esquivando a veinte mil piernas, voy inhalando y exhalando como rana. Por fin, llegando al estadio puedo decir que estoy metido de nuevo, como otros años, en competencia. Entonces, al ver el cartel del 1er Kilómetro recorrido me viene un escalofrío al pensar que voy recién en un décimo de la competencia. ¿Podré llegar al menos a la mitad?. Recuerdo la experiencia de otras ocasiones, pero el estremecimiento es diferente esta vez. Miro el cronómetro y estoy en los 5 minutos. Hago cuentas y me vuelve el alma al cuerpo.

Calle Mercado. Maldigo el no haber entrenado mejor. Afortunadamente hay un profesor que arenga a algunos de sus estudiantes detrás mío. Hago la arenga mía y me exijo más…pero ¿De dónde?. Estoy tentado a caminar, pero me salva la curva que da a la Mariscal Santa Cruz. Ahí comienza mi trance. Pienso en una y otra cosa mientras voy pasando lugares que forman parte de mi historia. Correos, el Edificio Hermann, el San Pablo, el del Hotel Copacabana y la misma Plaza del Estudiante. Ya por la Plaza del Bicentenario – pues nunca paso por debajo del nudo Villazón - se me ocurre mirar atrás. Segundo error. Como guiado por un falso conformismo, mi cuerpo me dice que hay mucha gente atrás y que puedo descansar. Retomar el ritmo me cuesta mucho. Pero lo peor viene después: Atravesando por la Aspiazu me siento como en casa – cruzo esa calle diariamente – pero ni eso mejora mi desempeño. Luego la Ecuador, donde paro por primera vez. Vuelvo a trotar, o al menos a hacer finta. Estoy mojado de pies a cabeza y sin perspectiva de mejora. Mirando el cronómetro, llegando a la Plaza España, noto que estoy quedando rezagado respecto a otros años (voy por los 35 minutos). Pienso que quizá podría parar allí y, de todas formas, llegaría más rápido a la meta cortando camino, sólo para recoger mis cosas e intentar el siguiente año. Me siento frustrado.

LA RESURRECCIÓN

Voy literalmente alucinando cuando un punto de hidratación me devuelve a tierra. Pido tres vasos y, sin parar aunque con una muy mala coordinación, me tomo dos y me hecho un vaso sobre la cabeza. Vuelvo a la vida. Me doy fuerzas a mí mismo y recuerdo lo que pasaba a esas alturas años atrás: Aparece el letrero de la Plaza Abaroa indicando el Km. 7 y el enésimo grupo de rock. “Deberían contratar a grupos musicales de diversos géneros”, pienso, mientras repaso la gran cantidad de personas mayores que corren, a quienes no les vendría nada mal un bolerito o un caporal. Vuelvo al purgatorio del puente de las Américas, pero ya no hace daño. Comprendí que llegado un momento de competencia, el cuerpo desiste ya de tentarte al abandono. Me centro en mi “entrenamiento” y pienso en el tema de la resistencia. ¡Deberían valer horas y horas de caminata matutina al trabajo!. También me agarro de otros tips: Identifico a un par de corredores de los que no me despego, al menos hasta pasar la parte dura.

Últimos dos kilómetros. Recibo contradictoriamente algunos aplausos. Agradezco a las personas mayores quienes te ofrecen agua a lo largo del último tramo, así como me indignan los fáciles “Sí se puede”, o “Vamos, vamos, falta poco” de chicos vestidos con la coqueta polera de algún patrocinador, sin imaginar en absoluto - ni intentarlo siquiera - el esfuerzo que llegar allí implica. Prefiero obviarlos y seguir adelante. Por fin veo los trillizos y miro nuevamente atrás. Vuelven los calambres y la pesadumbre. Prometo no hacerlo más. Pasar los puentes parece un mero trámite, pero faltando trescientos metros veo mi cronómetro. 56 minutos y contando. Hago un esfuerzo final. Paro el reloj en 57 minutos y dos segundos. Llego con más sabiduría que fuerza, definitivamente.

¿Qué me deja esta quinta participación en la carrera 10K de mi ciudad?. Además de la medalla de rigor, deja varias cosas, siempre iguales y, sin embargo, siembre diversas. Primero, no quiero prometer más cosas. Al fin y al cabo, nunca sabré si ésta será mi última competencia, ni si mis condiciones serán similares el próximo año. Segundo, no debo mirar atrás demasiado, pues tiendo a aletargarme, ni tampoco demasiado al futuro, pues no puedes proyectar todo. Hay que llenarse sobre todo del presente. Finalmente, debo aprender de lo que ya he vivido. Recuerdo mi primera participación, más metódica, más ansiosa e ingenua (que el limón, que los bolsillos llenos de cosas, que el calentamiento devastador, etc.). Debo admitir que no busco mejorar mi record – bueno, no vendría nada mal – sino más bien mantenerme alrededor, pues más allá de correr por correr, corro por el placer de saberme vivo y de mantener compromisos que hacen de mi quien soy. Con eso, quedo satisfecho.

LAIKA

Agosto 15, 2016Editado por andesol

 

Partiste…así, con un suspiro profundo, en casa, tendida en tu pasillo y rodeada de tu familia, que te lloraba, tanto como te quería. Obviamente no fue sólo un suspiro, pues seria imposible e injusto resumir más de una década de compañía en un suspiro de resignación y nada más.

Está por demás decir que fuiste la mascota que más tiempo nos acompañó, pues eso suena solo a estadística fría. No. Tu presencia dejó mucho más que las infinitas huellas que dejaste, o los zapatos que mordisqueaste, o los trozos de carne que te robaste en tu afán de llamar la atención. Por encima de eso estaba tu siempre reconfortante bienvenida con tu típico aullido y tu batir de cola al escuchar la puerta. También estaba tu queja paciente al esperar la comida, tus actitudes de wawa cuando esperabas compulsivamente tu masaje, e inclusive tu silencio voluntario - algunas veces de discreción cuando habías hecho de las tuyas, otras de enojo cuando no te llevábamos de paseo - que después de tantos años se habían convertido en un idioma perfectamente comprensible para nosotros. No, no es justo definitivamente reducir a sólo un párrafo una vida tan significante y profunda, Laika.

Quisiera evitar hacerte un cronología, nombrando solo lo felices que fuimos juntos, pues aún me siento en deuda contigo, pensando en todo lo que te negamos – voluntaria e involuntariamente – desde tus paseos en el auto, o aquellos a pata por la Segundo Balcones, tus porciones nunca suficientes de comida (sufría contigo esa dieta, en serio). También está lo que te impusimos, supongo que a regañadientes, como tus baños – no tan frecuentes, no te hagas –, tus medicamentos y tus visitas resignadas al “Canito”, al que caminabas con desgano, tu dieta mínima en sal y abundante en avena, tu lugar en el departamento y tu confinamiento a la terraza. Hubiéramos querido atenderte mejor, pero hicimos lo mejor que pudimos, creo que lo sabes.

No quiero hacer una cronología y sin embargo me lleven tus recuerdos: Nuestro primer encuentro en la Estación de trenes – no eras cachorrita pero recién comenzabas tu vida -nuestros viajes al campo y tus ocurrencias instintivas (¿Recuerdas cuando por perseguir a esas ovejas casi te ganas esa cornada?, o cuando te tuve que rescatar del río después que te habías metido sin medir tu peso?). Tu hocico pintado, tus poses de ofrecida, un par de collares que nunca te gustaron, tus gemidos de Chewbacca, tu mirada satisfecha, similar a una sonrisa. No necesitabas ser humana para considerarte una más de nosotros, Maika.

Y sin embargo también eras sabia y prudente. Aprendiste a comprendemos y tolerarnos. Saber cuando acercarte y apartarte, para respetar nuestro momento. No, no era solo una actitud instintiva, pues nos conocías exactamente a cada uno y sabías cuándo aparecer y desaparecer, para darnos ánimo y hasta sacarnos de nuestra rutina diaria, quejándonos algunas veces por lo que hacías y encontrando paz cuando correteabas como loca alrededor nuestro. Duelo mucho que ya no estés con nosotros, gorda.

Hoy ya no hay más pelos alrededor. Hoy las palomas quieren volver al tejado. Hoy el silencio nos invade en las noches donde tu compañía era hogar. Cuesta mucho mirar adelante y no imaginarte. Siento vacío y al mismo tiempo satisfacción por haber coincidido en este camino.

Creo que eso tiene un nombre sencillo, querida Laika: Agradecimiento.

LA BONANZA PASAJERA Y EL BIENESTAR

Junio 24, 2016Editado por andesol

 

Los tiempos de bonanza suelen hacer olvidar, voluntaria o involuntariamente, algunos aspectos críticos y estructurales de la realidad. Así pasa con la pensión mensual que acaba de recibir un maestro retirado y que - a pesar de estar consciente que éste no le alcanzará sino hasta mitad de mes - se empeña en comprar la coqueta chompita de la casera de la vuelta de la esquina. Ni qué decir de los primeros viernes de mes en los boliches preferidos de los oficinistas, que luego andan haciendo malabarismos para pagar la cuota del crédito o la pensión del hijo separado. No, no es un tema exclusivo de un grupo o sector y, en realidad, responde a una conducta muy humana, aquella de la vanidad y el mostrar la opulencia, al menos transitoria.

Lo que no es normal, en todo caso, son los excesos. La naturaleza está organizada sabiamente en el equilibrio – las pestes, los eventos climatológicos, las estaciones son parte de este sistema - cosa que los humanos no acabamos de comprender. Paradójicamente, le echamos la culpa al otro sobre nuestros mismos actos: Que “el clima está loco”, que “la pachamama se está ensañando con nosotros”, que “el imperio contra ataca”, que “nunca antes había habido tanta calamidad”… siempre ensañándonos con todos y nunca mirándonos al espejo. Claro, el papel de víctima es útil para justificar nuestra propia insaciabilidad y gula. Al mismo tiempo, seguimos jugando al acto simbólico (que la hora del planeta, que el día del desafío, que la kermesse solidaria, que la prohibición de San Juan) que oculta nuestra falta de conciencia real sobre nuestros actos cotidianos y permanentes. Uno de éstos es el despilfarro en épocas de vacas locas.

Estuve leyendo recientemente sobre el proceso de explotación de las minas de plata de Potosí durante la colonia (El Legado Indígena, Jack Weatherford) y - al margen de la amarga descripción que realiza sobre las condiciones de trabajo indígena entonces - me llamó la atención la descripción del efecto que ésta tuvo sobre toda la economía mundial de entonces, pero específicamente sobre la Corona Española. En pocas palabras, en el mediano plazo la ineficiente gestión de la riqueza que hizo el Reino de España de sus entonces colonias americanas les llevó a la ruina, al convertirse en simples intermediarios de recursos que, arribando a Sevilla, pasaban inmediatamente a manos de comerciantes de todo lado (Ingleses, Alemanes, Holandeses), y de éstos a proveedores de Oriente medio, incluso de África y China. Nunca un país alguno en la historia tuvo a su disposición tantos recursos frescos, así como nunca en la historia – hasta ahora – país alguno hizo uso tan deficiente de éste como el Reino de España. Hoy, algunos se refieren a este hecho como “La maldición de la plata”, como intentando nuevamente hallar en otro lado el entuerto propio.

Leyendo este acápite de la historia, en principio me pareció tan ingenuo aquello que hicieron los gobernantes de ese tiempo con los recursos que recibieron, pero inmediatamente sentí escalofríos al darme cuenta que dicha historia era pan de cada día aún en nuestros tiempos. Pensé en Venezuela y en la paradójica situación en la que se encuentra el mayor país exportador de petróleo del continente. No pretendo alimentar los argumentos de ida y vuelta que la oposición y el oficialismo sacan a diario – de eso se dice mucho, y se refuta todo - pero lo evidente es que hay un gobierno que sabe que tiene a una población mayoritariamente insatisfecha con su situación actual, de tal forma que hace lo imposible para evitar un referendo constitucional revocatorio. Ése es otro rollo.

Pensé sobretodo en nuestro propio país, después de una década de bonanza – quizá aquella de mayor bonanza desde la independencia - y negándose a aceptar, al menos oficialmente, que el supuesto “blindaje” frente a la crisis internacional actual no es tal y, por tanto, rehuyéndose a tomar medidas para prevenir sus efectos a nivel local. El problema no es que no debamos ser optimistas respecto a nuestro futuro, sino que este optimismo nos ciegue a realizar acciones de control (mesura en el gasto público, priorización del gasto en acciones con rentabilidad económica y beneficio social, apertura a acciones concurrentes con socios, sin mirar su ámbito o sigla política) que si bien sin bienes y servicios de corto plazo – el satélite etéreo, el teleférico y los trenes urbanos, por citar ejemplos - nos puedan encaminar a un bienestar de largo plazo, por medio de una asignación más eficiente de nuestros hoy escasos recursos. El Modelo Económico Social, Comunitario y Productivo tiene sus puntos fuertes, como la redistribución de los sectores estratégicos a aquellos generadores de empleo e ingreso, aunque también sus debilidades. Aceptémoslo y actuemos para mejorarlo.

Sin embargo, mientras sigamos pensando que el fin es el crecimiento medido en incremento del PIB y que esto debe conseguirse necesariamente a través del financiamiento mayoritario y hoy ficticio del gasto público – dado que la renta del gas ya no nos permite esos lujitos - seguiremos priorizando a sectores capitalistas que están “chochos” con el proceso de cambio, como las empresas de cemento, fierro y pasto sintético, como los comerciantes importadores, formales e informales, y como las multinacionales de construcción y todo tipo de servicios – sobretodo Chinas – que son la versión moderna de los mercaderes de la época de la colonia.

Mientras tanto, se deja en el abandono a los sectores generadores de un crecimiento sostenible como la industria y el sector exportador no tradicional. Quizá abandonar no es el término – finalmente, la industria nacional buscaría su propio camino, sin ayuda ni intervención -, lo grave es que a estos sectores se le inventa competencia pública a través, por ejemplo, de empresas en sectores no estratégicos, como el turismo, la industria textil y otros, con epílogos inciertos, o tan ciertos como ENATEX o Huanuni, sin mencionar a las pequeñas empresas de iniciativa propia, que cerraron ante la competencia desleal de éstas.

En fin. Si bien hemos tenido tantas experiencias en nuestra historia de gestión deficiente de nuestros recursos, aparentemente cuesta comprender en la práctica que la bonanza, a diferencia del bienestar, es definitivamente pasajera.

ORÍGENES - Parte I

Mayo 31, 2016Editado por andesol

 

El ser humano tiene dos dudas existenciales: cuál fue su origen y dónde va después de la muerte física. A nivel personal, la incertidumbre sobre lo que pasa de la muerte es, quizá, inviolable (uno necesitaría estar muerto físicamente para saberlo!). Sin embargo, sí es posible indagar en el pasado de cada uno, al menos para rastrear sus orígenes y hallar cierta genealogía (claro, no tan ambiciosa como la de las aristocracias europeas).

Con la conquista española – aunque también previamente con el incario - las culturas andinas que se desarrollaron entorno al Lago Titicaca – entiendo que mi raíz identitaria - ha visto irrumpida cierta línea genealógica que era definida por culturas de larga data (Tiahuanaco, Wari, Pukara), en un proceso que definió nuevos asentamientos, migraciones forzadas y, obviamente, fenómenos sociales (hambrunas, epidemias, sequías) que distorsionaron irreversiblemente el sistema demográfico existente. A pesar de esto, algunos elementos de identidad que perviven (lenguaje, prácticas, razas, etc.) dan muestra que no todo se ha perdido.

¿Por qué hago toda esta introducción?. Pues que cada vez y con mayor fuerza me he ido interesando en indagar sobre mi pasado. Sé que soy aymara, pero me parece injusto que mis conocimientos sobre mis antepasados y sus orígenes no lleguen más que a mis bisabuelos. Y no es sólo una necesidad de conocer mi historia (cada ser es resultado de su historia) – de dónde eran mis tátara tátara abuelos - , sino también identificar algunos aspectos que me expliquen algunos rasgos propios – y no me refiero a rasgos físicos, pues esos se ven - que hay en mí.

Estos meses he tenido la oportunidad de caminar con frecuencia por el camino “antiguo” (quise decir preincaico, pero ni eso sé) que hay entre Lojpaya y Tiquina y, además de asombrarme por el faraónico trabajo que aquello implicó durante la hora y media de caminata, he sentido como si cada piedra me hablara y quisiera contarme quien soy en realidad. Creo en la intuición, definitivamente. Creo también en las fuerzas de la naturaleza (llámenles dioses o como quieran) y cómo las cosas se van formando causalmente. Creo que lo realmente importante no es visible a los ojos, sino que se muestran justamente cuando los cierras. Definitivamente me siento como pez en el agua del Titicaca.

He rastreado cierto origen y, aún con cierto temor de equivocarme, he identificado a los Lupacas – uno de los señoríos aymara - como mi vertiente identitaria, al menos desde el periodo prehispánico y después del ocaso de Tiahuanaco. He sabido que eran gente que se especializaba en la crianza de camélidos – entendí también esto cuando me pregunté porque los caminos que recorrí eran tan anchos, como para llevar una manada) y que elaboraban las prendas más trabajadas (cumbís, huascas) de la región. También se dedicaban a la agricultura aunque sea sólo de subsistencia. Admiro aún hoy sus increíbles obras de ingeniería cuando atravieso por las miles de terrazas entre Tiquina y Copacabana. Me da cierta nostalgia ver el mismo paisaje sin su presencia.

Sigo en esta búsqueda. Me voy documentando. ¡Hay tantas preguntas y muy poco que se haya escrito!. Quizá sea mejor así. Finalmente, no es necesario completar hasta la última pieza de un rompecabezas para descubrir su contenido. Continúo mi búsqueda, sin embargo, cada pista es reconfortante en sí misma.

SEÑALES DE HUMO

Enero 29, 2016Editado por andesol

 

Termina enero, inesperadamente ajetreado – bueno, como casi todo año, por lo que ya no debería ser inesperado – y con un montón de proyectos en curso. Que la casa en Lojpaya, que el correteo por las citas y el colegio de los chicos, que los festejos cumpleañeros, que las preocupaciones de salud propias y de los seres queridos…en fin, tanta ocupación da un sentido intenso de vida. Carla misma me dijo que le alegraba estar con la mirada en estos proyectos pues era mucho mejor a no tenerlos. Y yo pienso lo mismo, aunque no dejo de pensar en las elecciones que vamos haciendo y en los posibles sacrificios que por ellos vamos dejando.

Últimamente me he cuestionado bastante sobre la posibilidad (ya realidad en algunos casos) de tener el plano de mi vida ya definido y jugado. En realidad lo está, y esto muy feliz con ello, lo dije ya varias veces. Eso no quita, sin embargo, el hecho de pensar que hay cosas (inversiones en tiempo y recursos) que quizá habría podido manejar mejor. Veo a mi familia con varias metas, presentes y futuras, y se me aproxima un sentimiento de temor al saber si podremos ser capaces o no de alcanzarlas y/o gestionarlas. Y, si bien es un tema ligado también a lo monetario – asegurado al momento – me preocupa no ser capaz de apoyar, sobre todo a mis hijos, a emprender sus vocaciones de vida, ser capaz de ayudarlos en este proceso.

También me preocupa mi salud…nuevamente, me comprendo hipocondriaco, pero cada vez que me miro al espejo, veo con preocupación si veré esa cara en unos años más, en décadas quizá, y por algún motivo no me la creo. Bueno, tampoco me la creía tiempo atrás, cuando imaginaba al fin de siglo como el límite de lo posible, de mí mismo. Quizá el destino tenga esto preparado, para darme la certeza de darle alma a cada día que paso en esta vida, y quizá más allá.

Estoy escuchando la canción Señales de humo, de Juan Luis Guerra, y si bien fue escrita seguramente en otro contexto y para otro fin, la imagino como una manera de perdurarme en el tiempo cuando – obviamente – no esté más, al menos en este tiempo y bajo esta forma. En realidad, somos lo que construimos, y por tanto quedamos para siempre en las cosas y personas que amamos alguna vez. Así, hasta hoy quedan en mi mente las visiones de mi Mamina hablándome en su cocina, de mi tio Pedro transmitiéndome ese cariño de abuelo con sus cuentos andinos y sus anécdotas. También queda lo que son y nos transmitieron, de modo que los vemos como ejemplo de lo que ahora somos o queremos ser: la rígida puntualidad de mi papá, la lógica hasta a veces obsesiva de mi hermano, la espontaneidad y tranquilidad pacífica de mi esposa. Así quisiera quedar yo en esta vida, transmitiendo al menos algo de mí y que trascienda hacia mis seres queridos, y que ellos puedan recordar con orgullo cuando se refieran a mí. Pienso en las señales que envío y espero que éstas sean comprendidas alguna vez pro quien las necesite, al fin y al cabo, no haría estas elucubraciones si no creyese en ellas.

MEDIO TÉRMINO

Enero 4, 2016Editado por andesol

 

Inicio oficialmente la gestión 2016 (acabo de re-escribir el año, que mis dedos “de memoria” teclearon 2015) y, como ya (mala) costumbre de cada año, éste comienza con una reflexión. Acabo de leer mis primeras entradas de hace unos años por estas fechas y me sorprende la similitud de hechos y sentimientos que ésta reflejan…hasta parece que fuese yo mismo!. Pero no. El tiempo pasa y nos deja un montón de cicatrices, canas blancas, vicios y quizá hasta cierta sabiduría.

No voy a escribir lo rutinario de estas semanas (que la cena, que los regalos, que los correteos, que las refacciones. etc.) sino más bien lo extraordinario que nos dejó este fin de año: la llegada de mi hermana y su familia, la cristalización del sueño de nuestro hogar en Lojpaya…quizá volviendo incluso un poquito atrás este año, el retorno a mi hogar adoptivo europeo, mis vicios futboleros renovados, mi latente preocupación de mi salud, la consolidación de una relación de vida con mi esposa, mi alineación a ciertos principios (políticos, sociales, económicos) más bien cautos hasta ahora. No, no fue un año en vano.

Y sin embargo no niego que me dejé llevar en ciertas ocasiones - todavía lo hago – por el “facilismo”, aquel de ver a leer, de hablar a escuchar, de revisar a escribir, de pagar a obtener, de dormir a caminar, de callar a enfrentar. Cuesta emprender nuevamente caminos casi olvidados, aunque llegué a un punto donde es más fuerte la emoción de avanzar que la tentación de sentarse y esperar…¿Qué?. Confío en ese sentido, como brújula para lo que viene del recorrido.

Lo bueno, lo malo, en fin, lo real. Celebro la familia que hemos crecido. Me doy la vuelta y veo que estoy en los umbrales de los 15 años de matrimonio con Carla y, aunque el tiempo transcurrido es desde ya sorprendente – no conozco pareja de amigos cercana con una antigüedad mayor de unión que la nuestra - lo que realmente me llena es que fueron años bien vividos y completos, con sus momentos dulces pero también aquellos agridulces, con sus pasos seguros y aquellos de dudas. Hoy, después de esta etapa, puedo decir que soy feliz y que sigo con las mismas ganas de continuar mi vida con mi pareja de vida, ya con la experiencia de saber que hemos recorrido media vida juntos.

También pienso en mi familia. Con la conciencia cada vez más cercana de lo efímera de la vida, sé que el cambio es regla de vida. Así, con la voluntad aunque sin la certeza de saber si seré capaz de afrontar la vejez de mis padres, la independencia de mis hermanos, la rebeldía natural de mis hijos, estoy resignado a los cambios que se avecinan. Ya la tradición de la cena navideña en mi casa y la de fin de año en casa de mis padres está cada vez más obsoleta, y no sólo por temas logísticos, sino por la misma necesidad natural de construir cada uno su propio camino.

Comienzo el año con ciertas premisas y compromisos, personales y no. Escribir es uno de ellos, después de más de un año de un cómodo letargo. Otro – no menos difícil – es cuidarme en lo físico ahora que puedo, y retomar mis prácticas deportivas. Ya el año pasado asumí un tipo de alimentación más responsable que, de todas formas, no es suficiente si mantengo el sedentarismo del día a día. Y bueno, también viene lo social…el techado, el “pasar” la responsabilidad del equipo de fútbol de mi familia, la evaluación de medio término en mi trabajo, el reto de plasmar la idea de negocio en la casa de campo, en fin...

Llega otro año y estoy de nuevo en el “inicio” cíclico de la gestión…no, no empiezo de cero (mi energía tampoco se ha recargado como para sentir eso), sino más bien sintiéndome a mitad de camino, con la alegría de haber cosechado ya algunos logros, pero con la motivación – que alguna vez llamé insatisfacción - de cumplir aquellos que aún quedan pendientes. Así, ¡Bienvenido seas 2016!.

 
 
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