SUBCAMPEONES

Diciembre 21, 2011Editado por andesol

 

Hay una historia que se escribe cada diciembre, una historia que no aparece publicada en ningún matutino impreso, pero que queda grabada en la mente y pasión de los que participamos en ella.

El pasado fin de semana (17 y 18 para que quede en la historia) me invitaron a participar una vez más del equipo de guías de turismo en el campeonato relámpago de la agencia de viajes. Polera blanca de la selección inglesa, cortos negros del Manchester y las zapatillas ya tradicionales de Kappa. Número 5 en la espalda (este año no nos colocamos los nombres de famosos como en otras ocasiones, cuando pasé por Ze Roberto) y, como siempre, con más ganas que preparación efectiva y más barra que convencimiento propio, afrontamos el primer partido.

Faltando minutos estábamos a punto de perder por “walk over”, así que tuvimos que recurrir a nuestras reservas, habilitando a nuestro centenario amigo Luis Cruz (Rolando me había indicado que, inicialmente, la consigna era más bien despistarlo para que no juegue). Así, estábamos allí la triple R (Ro, Renán y Rolando), nuestro refuerzo peruano Eduardo y nuestro improvisado arquero. Saltamos a la cancha. Calentamiento, un par de toques de balón, indicaciones de líderes empíricos, un “hurra” de auto-aliento y el saludo al contrario.

El árbitro (oficial FIFA, no sé de dónde lo sacaron) da el pitazo inicial. En lugar de ir a pelearla con vehemencia, este año prefiero empezar tranquilo, pues quedan otros dos partidos por jugar y otros dos más mañana si clasificamos Inesperadamente marcamos primero, y luego viene el segundo. Aprovechamos que al rival (Titicaca) le falta un jugador y caemos en ser sobradores. Comenzamos a especular y a querer hacer lujitos y ahí llega el descuento. Fin del periodo inicial. Todo es sonrisas y recomendaciones, para mantener la victoria. Previo al inicio del segundo tiempo llega el “crack” del equipo contrario. Comenzamos como si no nos percatásemos de aquello y ahí nos viene la tromba. Luis se convierte en revelación, resistiendo cuanto remate recibe, pero tanto va el agua al cántaro que se rompe. Gol, y otro más. Cuando alcanzamos a controlar el juego vamos perdiendo por un gol. No nos damos por vencidos. Mano en el área y penal a favor. Me encargan la tarea. Estoy allí frente al arquero, pensando a qué lado patear. Viene César, el capitán del rival y para confundirme más me susurra al oído patear a la izquierda, esperando obviamente que haga lo contrario. Ni lo uno ni lo otro: El tiro va directo al centro y el arquero – que se había lanzado a la derecha – no alcanza a tocarla. Van dos goles en mi haber, “Al menos ya alcancé mi récord de pasados años”, pienso. Cuando pensamos en definir el partido viene el gol contrario y poco después el pitazo final. Caída. “Lo importante es jugar” comenta Grace, intentando aliviar el desconsuelo.

Mientras esperamos, vemos los siguientes partidos y pensando en nuestro último juego frente a Marce – de lejos, el mejor equipo del campeonato - pensamos en la carnicería que se viene. 12 a 1 quedó su partido, con un moreno apodado Angola que se divierte con la pena ajena. Saltamos de nuevo a la cancha. Otros dos goles en mi haber y el segundo partido termina emparejado 4-4, a pesar que íbamos ganando 4-1 hasta 10 minutos antes del final. ¡Qué mala consejera es la excesiva confianza!.

Tercer partido. Tenemos a Angola y a Rogelio en frente, pero no nos aminoramos. Nos aplicamos muy bien en la marca, y el primer tiempo sacamos un sacrificado 0 a 0. El segundo tiempo marca la sorpresa: Marcamos el primer gol, y después viene el segundo de mis pies. Cuando mejor nos iba y de forma infantil Renán se hace expulsar. Luego llega lo inevitable: perdemos las marcas, triangulan a gusto y en menos de cinco minutos nos empatan. Rolando cae al piso por calambre y Luis se queja de los remates que casi le doblan las manos. Terminamos con un 6-3 en contra pero a pesar de aquello clasificamos como cuartos (entre 6 equipos).

Al día siguiente, con Pepe como refuerzo enfrentamos la semifinal y, si bien ganamos con un estrecho 4-2, jugamos nuestro mejor partido, nos divertimos y convencemos. Sin creerlo estamos en la final esperando a Marce, que seguro llegará allí. Organizamos la defensa, definimos posiciones y recomendaciones. Llega la final. A pesar de todo lo planificado, el partido sale calcado al del día anterior: Renán sale expulsado y el equipo se desarma completamente. Mi pólvora está mojada y no encajo una. Eso sí, apoyo en la marca, pero no es suficiente. Marce no tiene piedad. Luis pasa de estrella a estrellado. Los últimos minutos ya no hay necesidad de jugarlos pues todos ya saben quién es el campeón. ¿Cuánto ganaron? Baste decir, como dijo Paola, mucho a poco.

Termina el partido. Abrazos por allí y por acá. Las guías nos dicen que no nos preocupemos que ellas ganaron el campeonato – en su categoría - por nosotros (técnicamente sí, aunque fue por walk over). Mientras me voy sacando la indumentaria, pienso en las campañas de años pasados (desde el 8-1 que soportamos hace cuatro años con Iván y Franz) y veo que hemos mejorado. Estoy contento porque a pesar de los años, he mantenido mi relación con este grupo tan heterogéneo y ameno a la vez. Tengo tan poco parecido a ellos, sea en formación o dedicación que me sorprendente mi compatibilidad. Al final, el fútbol es sólo la excusa, aunque de vez en cuando no nos venga mal uno que otro subcampeonato.

MIRAFLORES

Diciembre 12, 2011Editado por andesol

 

Lima fue la primera estación que transité, fuera de Bolivia, cuando tenía la mitad de la edad que tengo hoy. Digo transitar y no visitar porque prácticamente pasé sólo unas cuantas horas en el viejo aeropuerto Jorge Chávez - del que hoy queda sólo la torre de control – el año 94 camino a Duino, cargado de liras italianas, esperanzas y miedos. A partir de entonces, la escala a Lima había sido siempre la misma: Aterrizaje – control – espera – control – despegue. Así, la posibilidad de viajar nuevamente pero con destino final a esta ciudad saldó la deuda que tenía de visitarla.

La mala fama que me pintaron amigos y familiares de esta ciudad tuvo sus efectos. “No camines por tal lugar”, “no subas a tal carro”, “no hables con tal”. También tuvieron sus efectos los buenos comentarios: “Tienes que comer en”ó “sí o sí debes visitar tal lugar”. En fin, decidí tomar un punto intermedio ante tales prejuicios y, sin dejar de tomarlos en cuenta, arreglé una visita comprimida pero completamente abierta. Después de buscar bastante, decidí alojarme en el Miraflores Inn, en el distrito del mismo nombre. La elección fue perfecta. Esperaba llegar a un hotel, pero llegué a un hogar, donde Ricardo Díaz, el administrador (o sea, el dueño de casa) me recibió con una mezcla de respeto y total predisposición a colaborarme. Le conté que deseaba darme la vuelta al mundo (bueno, sólo a Lima) en 24 horas, previo al encuentro de trabajo que me traía a su país. Le comenté que tenía una y tal idea y, como si supiera exactamente mis intereses, fue detallándome uno y otro atractivo, no con el afán de venderme un tour (que de eso, sabemos bien los guías de turismo) sino combinar lo que yo quería con lo que era verdaderamente posible dadas las limitaciones de tiempo y recursos. Su amabilidad llegó a tal punto que me prestó su tarjeta del transporte Metropolitano, que me ahorró al menos unos 30 dólares en transporte.

Minutos después estaba rodeado de limeños, tomando la conexión metropolitana de la estación Ricardo Palma al Jirón de la Unión, sorprendido un poco del avance en el ordenamiento vial y de otras cosas de esta ciudad. Viajar es siempre así: Un baño refrescante de cosas que están pasando más allá del horizonte de tu país, no sólo de las cosas positivas, sino también de aquellas que algunas veces no aprecias (escribo esto observando el limpio paisaje con la cordillera de fondo).

El centro histórico de Lima estaba perfecto, con baja actividad por ser fin de semana. A las 12 menos 10 comienza el acto del cambio de guardia. Todo un espectáculo. Luego la catedral y los restos de Pizarro, con un matrimonio de por medio (recordé a Vargas Llosa con sus “Conversaciones en la Catedral”). Visita fugaz al Museo de la Nación (ya estaban cerrando) y luego al Barrio Chino a buscar la chifa de 700 especialidades que me recomendó Eduardo.

Dos de la tarde. Almuercito criollo y luego, a manera de digerir, “choping” en una tienda de ropas. Quería llegar a Pueblo Libre, pues me habían hablado bien del Museo Nacional, pero el destino quiso otra cosa y terminé en MALI (o sea, en el Museo de Arte de Lima), en una exposición de arquitectura precolombina. Luego paseíto en el parque de la exposición, con los talones de los pies que comenzaban a protestar. A cuadras de allí la primra sorpresa: Se abre frente a mi el Estadio Nacional de camino al Parque de las Aguas. Ingreso a l parque, que es toda una maravilla, sobretodo el túnel de agua. Descanso. Me viene un poco de nostalgia al no poder compartir esto con los míos. De consuelo click, click, varias fotitos y video.

Es sol se ha puesto, ubico la estación del bus y de vuelta a la casa-hotel. Después de una ducha rápida, a pasear por Miraflores. Ya estaba oscuro, pero todo seguía vivo. Feria de las pulgas, pasando por dos moles (alma consumista, lo admito), restaurante, librería y una joyita esperándome en el estante: La “Historia General del Perú” del padre Murúa. Sonrisas con la cajera al momento de contar una por una mis monedas y su “envidia constructiva” (me llevé el último ejemplar). Mis ánimos de continuar estaban intactos, pero mis pies y la hora me zanjaron el límite.

Llego al hotel, duermo profunda pero imperceptiblemente, en lo que parece más un corte comercial, pues me veo ya despierto al día siguiente untando mantequilla al pan del desayuno. Tengo sólo un par de horas antes de que me recojan para irme a Chosica, lugar del encuentro. Calculo. Tengo el tiempo justo para terminar el paseo. Segunda sorpresa: La Avenida Arequipa está cerrada por una media maratón (de esas que me encantan), pero el ímpetu es mayor y llego a pie a la Huaca Pucllana, una isla en el mar de cemento. Vuelvo por otras calles, leo el periódico: Fujimori, Ollanta, Conga, Guerrero…es inevitable cruzarse con los íconos de la historia peruana reciente.

Paso por el hotel a recoger mis cosas. El Parque de las Tradiciones está a unos pasos. Los recorro satisfecho porque me hice la vuelta máxima posible en tan poco tiempo. Timbre. Encuentro. Saludos. Me sientan en “la combi”. Ya soy uno más en la lista de participantes del evento, pero esa es otra historia. Así, mientras el minibús comienza su recorrido, voy recorriendo lugares ya familiares, tanto que sirvo de guía para otros colegas, como si Lima fuese ya también mía, algo que hasta ayer era solamente un puñado de estereotipos.

LA PAZ 3600 - 10K

Noviembre 10, 2011Editado por andesol

 

Segundo año de mi participación en la media maratón de 10 Km, La Paz 3600 (en referencia a la altura en metros, a la que se encuentra esta ciudad) esta vez sin Javier a mi lado. La “preparación” de dos semanas (en realidad, cuatro trotes madrugadores, de media hora cada uno) y la dieta dominical consistente en avena, frutas y yogurt pretenden ser mi defensa (o quizá sólo un consuelo) frente a lo que se viene. También me confío en el hecho que esta vez la ruta “es de bajada” y no como el año pasado que tuvimos que “escalar” desde Villa Armonía hasta el complejo Mariscal Braun.

Ahí estoy, en la Plaza Villarroel, en medio de ponchillos amarillos – a los que les tengo cierta aversión - iniciando el calentamiento, sin recordar bien la rutina que Álvaro y Hyeni – mis cuasi entrenadores personales - me habían recomendado. Eso sí, respiro y expiro profundo, intentando convertir el aire en energía. Suena el himno paceño (al que nadie le presta atención) y comienza el conteo. Sólo al colocarme en la fila descubro que quedé demasiado lejos de la partida, detrás de los cadetes del Colegio Militar. Por algún motivo siento ganas de competir con (o mejor, contra) ellos. Me reconozco como una mancha ploma en el mar amarillo. La adrenalina comienza a subir.

8:00 en punto. Se da la orden de partida mientras la banda municipal suena estribillos conocidos. El inicio es descontrolado. Me siento como un antílope de la película El Rey León. Me sorprendo al ver que la cabeza está ya en menos de un minuto a tres cuadras de mi posición. Poco a poco, la marea humana se extiende como una víbora mientras vamos bajando la avenida Bush. Hasta ahí todo bien. Cruzamos el estadio y ya voy reconociendo a mis compañeros circunstanciales: Dos extranjeros con audífonos, un par de cadetes con gorra ploma y una atleta de la asociación de El Alto.

Parque de los Monos y el primer desencanto. La subida hacia la mercado me pilla aún frio y es entonces cuando me doy cuenta que estoy recién en los dos primeros kilómetros. Me tomo el primer sachet de agua que está ya un poco tibio mientras me seco la cara. Palacio Consistorial y vuelta por El Obelisco. Me siento reconfortado al bajar por El Prado. Me pierdo por unos minutos en recuerdos y reflexiones que no vienen al caso. Punto de distribución de agua: Tomo un vaso y me mojo la cabeza. Ingenuamente paso por debajo del puente Villazón (quizá recordando la ruta del año pasado) cuando la mayoría cruza directo por la Plaza del Bicentenario. Estamos ya en Sopocachi. Doblamos la Aspiazu y cuesta arriba de nuevo. Tengo la enorme tentación de pensar que es lunes, cortar directamente e irme a la oficina. La avenida Ecuador es un calvario. Me tomo el segundo sachet, (jugo de frutilla) pero éste me sabe agrio y mi cuerpo pide sólo agua. Por fin llegamos a la Plaza España. La naturaleza llama mientras rodeamos al Montículo. Veo a una atleta desmayada, auxiliada por un par de pacos. Veo también a un corredor con su perro, con la lengua como campana, de un lado para el otro.

Plaza Abaroa. Cuando pienso que ya cogí mi ritmo, el letrero de 6 Km me trae el segundo desencanto. ¿Sólo 6 Km!!?. Veo el reloj: 34 minutos. Hago cálculos mentales y me doy cuenta que estoy algo mejor que el año pasado. Cruzo la Isabel la Católica y el Puente de las Américas. “Nunca estuve tan cerca de botarme como estoy ahora” pienso de forma macabramente graciosa. Finalmente sucumbo y por unos 20 metros prácticamente camino. Piso Miraflores y las energías vuelven con unos aplausos que luego descubro que no eran para mí, sino para una “cebra” que va detrás de mí. Me sentiría ofendido si el animal vial ése me cruzase así que vuelvo a engancharme por la Plaza triangular. Ya en la Villalobos veo el letrero salvador que indica 8 Km. Bajo la Zabaleta raudamente, sin sentir ya mis piernas. Veo mi sombra confundida con el asfalto. Hace sol. Me siento feliz al ver a los trillizos y si bien mi peor temor era ese empalme entre la avenida y el primer puente en Alto Obrajes, lo voy subiendo en zigzag, sin demasiado esfuerzo. Ya estoy en los trillizos. Veo adelante a lo lejos una maraña de atletas llegando ya a la meta, me volteo y reconozco la misma maraña detrás mío. Interesante parábola que refleja mi posición cronológica en la vida: Justo a medio camino.

Últimos metros. Veo algunos corredores rendidos, sentados en el asfalto. Me pregunto ¿De qué sirve nadar tanto para ahogarse en la orilla?. El último puente es especialmente duro. Saco fuerzas de la voluntad más que del resto físico. Cruzo la meta: El reloj para a los 57 minutos y 35 segundos. Estoy exhausto. Recojo mi medalla y los regalitos de los auspiciadores. Veo al lado al ganador entrevistado por la prensa. Descanso por unos 10 minutos mientras me termino una banana, un yogurt y un tónico INTI. “No debo reposar, al menos no ahora” pienso dentro de mí, augurando un malestar de músculos. Así, voy camino a casa mientras cruzo de retornó uno de los puentes. Una hora y 20 minutos de competencia y la gente sigue cruzando la meta. Entre ellos reconozco a Samuel Doria Medina con sus gorilas a cada lado y, sin ser admirador ni nada parecido, le envío un saludo bien respondido. Me gusta esa actitud, es decir, ser parte de la vida misma de la ciudad cuando otros (veo justamente delante mío la casa presidencial) están en otras cosas, tan lejos de toda esta vida urbana a la que se deben.

Llego a casa: Carla, Martín y Pablo recién han comenzado el día, mientras siento que yo he vivido ya una jornada intensa. Observan orgullosos la medalla y Pablo continúa preguntándome si gané la carrera. Y aunque no sea así (estuve a 26 minutos del primero) me dan ganas de decirle que sí. Sí, hijo, creo que la gané porque sigo intentando vivir al máximo cada momento de este pequeño suspiro llamado vida. La Paz 3600, hasta el año siguiente.

TRABAJO COMUNITARIO

Mayo 7, 2011Editado por andesol

 

"Así da gusto trabajar”, me dice – supongo – un familiar desconocido. Sí, definitivamente la voluntad se contagia.

4:35 de la mañana de sábado. Suena el despertador con un sonido a jungla. Despierto con una mezcla de desgano físico y excitación emocional, pues hoy tengo fijado participar de un trabajo comunal en el pueblo de mis abuelos. Me apresuro y tomo apenas media taza de chocolate antes de salir. Voy caminando por las calles desiertas con un palo de picota que me mandaron comprar. “Al menos tengo con qué defenderme”, pienso, especulando un asalto matutino.

Llego a la parada del Cementerio. Compro mi pasaje. El minibús a Tiquina está aún a medio llenar. Veo a una señora comprando pan y coca, y, sin pensarlo mucho hago lo mismo, asumiendo que la jornada será dura. “Quizá en lugar de sembrar papa, debería sembrar coca” le comento a la vendedora, medio en broma, medio en serio, cuando me indica que la libra está a 40 Bs. Tocan la bocina. Salimos volando. La Paz aún duerme desde la Ceja.

Atravesamos el altiplano y, en contra de lo que pensé, el conductor coloca música latina de los ochenta y noventa. Me cae bien. Le ayudo a colocar shampo al parabrisas, para evitar que se empañe. Llegamos puntuales al estrecho, tomo un vaso de jugo de manzana con quinua y leche de la casera y, cuando pienso que esta vez sí tendré la chance de atravesar la montaña a pie, como cuando de niño, llegan mi mamá y mi tío y alquilan un taxi. En otra será.

Llegamos a las 8:30. Me “disfrazo” de comunario (ropa suelta, sombrero de ala larga, zapatos de trabajo) y a reportarnos a la plaza. Ya desde la llegada veo una hilera larga. Todos son más bien gente que ronda los cincuenta o sesenta. Me ven como a un extraño, al menos hasta cuando me dicen “Ah…eres nieto de tal”, ó “Sobrino de tal”. Ahí vamos, cinco palas de arena en la espalda para comenzar y un trayecto de subida hacia la montaña, donde construyen la toma de agua. Cruzas a algunos mientras subes, quienes luego te vuelven a sobrepasar cuando descansas. Duelen un poco los hombros, hasta tiemblan inicialmente las manos, pero luego veo que éstas se van curtiendo. Llego a la captación y me sorprende la cantidad de personas alrededor. Todas haciendo algo. Hasta aquellas que descansan, están metidas en ayudar, sugiriendo, informando.

Me unen al grupo que va a recoger greda para los cimientos del tanque de filtración. La subida se torna empinada y hasta peligrosa, llego a la cima y descubro a otro grupo de personas descansando. Mi tío me presenta como “ayudante de obra”, me sonrío por fuera y por dentro. Creo que allá realmente vale un comino que grado académico tienes y en qué lugares estuviste. Lo importante es saberse parte de la comunidad y apoyar en el trabajo. Ahí comprendo que cuando te presentas de “Ingeniero” o “Licenciado” en los proyectos que apoyamos, realmente nunca logras cruzar la muralla que te colocas o te colocan, pues nunca te consideran parte de ellos, como pregonamos lograr.

Hombres parados a un lado, mujeres sentadas por otro lado y yo allí en medio. Coqueamos. Pasan vasos de gaseosa y luego la orden de continuar. “Así da gusto trabajar”, me dice – supongo – un familiar desconocido. Sí, definitivamente la voluntad se contagia. Bajamos la montaña. Alguno bromea que caminamos como los marchistas del TIPNIS. Abajo indican que parecíamos hormigas y el grupo se queda con ese nombre. “Vamos hormigas”, dice uno, incitándonos esta vez a ir a recoger piedras. Combinamos el trabajo cargando el cascajo, paleando a la fosa que se va formando o simplemente supervisando (diría más bien, curioseando) la obra.

Son las 13:30. La captación está prácticamente concluida. Y el agua ya va filtrándose entre las piedras para purificarse. Por detrás quedaron las estructuras que los abuelos construyeron, quien sabe cuántos años atrás. Por allí varios tubos viejos, piedras trabajadas, que hoy quedan como recuerdos nostálgicos, aquellos que permitieron que hoy tengamos la tierra fértil y las comodidades que realmente pocos apreciamos. Voy bajando feliz de la montaña, me coloco música en los audífonos…Shakira (la de antes) y el olor a campo no combinan tan mal. Tomo una que otra foto, me siento. Estoy agotado pero feliz, pues más que el trabajo físico, creo que el trabajo comunitario cumple más que el fin mismo del trabajo, aquel de formar y perdurar la comunidad.

 
 
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